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Un artista es en cierta medida más grande cuando evoluciona en su manera de crear; cuando con el paso del tiempo se puede contrastar su obra anterior con la más reciente y su obra actual con su producción futura. Pero junto a esta capacidad de cambio también se valora la impronta del artista o “su sello” en esa creación de belleza y que es lo que hace precisamente que su obra sea distinta de las demás y no una mera imitación carente de valor. Esta cualidad la encontramos en los cuadros de Manuel Parga si hacemos una comparativa con su obra de hace diez años cuando expuso en esta misma casa. Su original pintura figurativa de entonces ha dado paso a la abstracción. Las veladuras en los colores ceden a la pureza y el dibujo desaparece para quedar sólo la esencia. Parece como si el artista diera un paso más y nos pidiera más imaginación ante su obra que la que nos exigía para contemplar sus retratos, sus bodegones, sus ciudades o sus paisajes; aunque en algunos de sus anteriores cuadros ya se adivinara ese deseo de transformación. Me estoy refiriendo a “Mujer gallega” y a “Castropol”. Sus cuadros se nos presentan ahora como enigmas, como rompecabezas, en el sentido más simpático del término, de muy distintas soluciones; tantas como espectadores estén dispuestos a disfrutar con ellas. Se nos invita a volver a ser niños para componer esos puzzles pero con la ventaja de no tener que llegar a una solución, sino de disfrutar en el camino que es donde dicen que se encuentra la verdadera felicidad. Ese dejarse llevar que es precisamente uno de los beneficios del arte por eso tan necesario. Y eso creo que lo consigue Manuel Parga ahora más que antes. En sus lienzos actuales ya no hay lugar sino sólo tiempo. El que transcurre al contemplar la obra, derivando así en su universalidad. Porque como dijo otro gran artista "la pintura es el esperanto de los ojos". Ignacio Izquierdo del Valle. Julio 2011. |
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